jueves, 4 de junio de 2015

El espacio del aula determina el Ser

Intentare primero que todo definir mi rol docente, el papel que juego dentro del desarrollo de un ejercicio más que transformador, generador de interrogantes entre todas las partes implicadas como lo es el alumno, la familia y la sociedad, e incluso el docente mismo.
Busco ampliar el terreno de reflexión frente a lo concerniente a los procesos de aprendizaje en el aula de clase, sin desmeritar otros espacios de educación como la no formal y la informal, pues creo que grandes aportes logran establecerse en estos espacios.
Pero por ahora, me centrare en la concepción del espacio desde lo materico, desde lo físico o arquitectónico que logra establecer unas fronteras con el exterior, creando así una especie de burbuja donde solo sucede lo que debe allí suceder, excluyendo lo que acontece en als demás esferas de desarrollo del sujeto, es decir, al momento de la construcción de cualquier espacio, se tiene en cuenta solo la a premisa espacial, y no todo lo que puede acontecer dentro de este espacio que se crea. Así, la disposición de los elementos que hacen parte de la construcción condicionaran el comportamiento de quien lo habite, por ejemplo, se crean dos casas de una solo planta, ambas dispuestas en contextos muy similares, pero en la construcción se decide porque una de esas casas no tendrá sino una ventana que linda con otra edificación, su área de visibilidad va a ser escasa, casi nula frente a la otra casa que fue hecha con ventanales grandes que ven directo a un bosque que se expande en el horizonte. Aquí muy seguramente, quienes habitan la segunda casa descrita podrán apreciar los atardeceres desde su refugio, mientras que los de la primera, si desean ver el atardecer, deberán desplazarse al exterior. Esto no es que se catalogue como algo malo, sino como algo diferente, los habitantes de ambas moradas desarrollarán su ser en relación con sus necesidades o con las herramientas que proporciona su entorno.

De igual manera pasa en el aula de clase. Nos cuestionamos en la contemporaneidad lo que debe regir o no el ámbito de la educación, y me parece importante pensarnos desde lo físico, pero no menos relevante, para ir cavando hacia problemas más trascendentales. Juega entonces el aula de clases un papel fundamental en los procesos de aprendizaje, por predisponer a quien allí se encuentra a comportarse de maneras específicas, en la mayoría de los casos, desde el desconocimiento o la no intencionalidad de preocuparse por lo que allí suceda. La pregunta entonces es ¿Cómo debe ser el aula de una clase, y más específicamente una clase de educación artística?

lunes, 25 de mayo de 2015

Ensoñación

Despierto recorre como un ave, de manera efímera, casi imperceptible, el deseo de desaparecer, de evaporarme, de desintegrarme. Parpadeo y vuelvo a abrir los ojos que se contaminan de lo absurdo, que recogen en la retina nada más que el contacto con lo superfluo.
Deambulo a veces acelerando o desacelerando el paso, para ver si con los pequeños detalles la vida toma sentido. Soy víctima de la sociedad liquida, soy cómplice de la juventud en éxtasis, soy enemigo de la vida eterna, pero ando siempre en la línea contradictoria. Desaparecer, mi cuerpo y mi alma lo piden, perdurar en la memoria es lo que la cultura me ha impuesto. Se  me ha impuesto un nombre, se me ha impuesto una familia, se me ha impuesto un género, se me ha impuesto tener una morada, se me ha impuesto estabilidad, s eme ha impuesto el orden. Sociedad hipócrita! Cómo se me exige responder a la humanización de lo que no puedo siquiera nombrar, lo que no puedo comprender, lo que apenas intuyo que ha de existir en la complejidad del pensamiento.
No soy apto para vivir aquí, preso de lo que no puedo conseguir; se me ha de tildar de loco, de depresivo o de desadaptado, por el simple hecho de no estar conforme con lo que “tengo”, pero es que solo quiero una cosa, no depender de nada, ni siquiera de los rituales ancestrales como el baño o la cena. También quiero alas, al igual que bronquios resistentes a las altas mareas. Habitar cuevas, supongo, fue más sencillo, fue más bonito, fue más natural, pero no! Tengo que vivir en lo artificioso lleno de sensaciones que han sido marcadas, inventadas. Felicidad, tristeza, melancolía, nostalgia, envidia, compasión, misericordia y otras miles que  no sabemos si verdaderamente existen.
Ha regresado la sensación al disponerme a dormir, esa sensación que solo aparece cuando estoy físicamente en la línea contradictoria de la conciencia, cuando no estoy ni allí ni aquí, cuando vivo en el límite, cuando hago un desplazamiento inmóvil entre el aquí/ahora y el aquí /después. Apunto de perder el control de mí, comienza el dialogo conmigo y sale, por inercia, lo que tiene que salir, lo que tengo que pensar, lo que verdaderamente me atrae, lo que siento que desde las entrañas se infla a tal punto de querer explotar. Es como un globo lleno de agua y pirañas; es como si la piel de la superficie que reposo contra la pared se pegara en ella, y tratando de correr hacia la otra orilla, me desgarrara por completo.

Se infla! Se infla! Se infla! Se infla! Y con un chillido estrepitoso se magulla y me pone en posición de semilla, con ese deseo del eterno retorno, con esa necesidad de purificación, para, en caso de que existiera, no volver a  renacer.

Yo, no, mio

Nací el 6 de agosto de 1991, en el hospital San Juan de Dios en el municipio de Yarumal – Antioquia, Colombia. Es un pueblo frio, geográficamente ubicado en montañas empinadas. Es llamado el pueblo de las “tres efes”, feo, frio y faldudo.
Me llamo Jorge, como mi papá y Andrés casi por azar.
Mis recuerdos más remotos deambulan por las baldosas a cuadros granate y verde del pasillo de la casa con balcón de rejas blancas y techo de eternit, donde cada tarde llegaban las golondrinas a dormir. ¡Las golondrinas! ¿Cómo las había olvidado? Tan delicadas, tan libres, tan bellas. Tal vez son ellas las que han despertado en mí el interés por morar en diferentes espacios. Deambular y luego aterrizar, para descansar y volver a buscar.
¿Cuándo me mudé de casa por primera vez?
De inmediato regresa la sensación de sentirme como un huevo puesto en el pollo de fogón después de haber sido el primero en irse del panal de huevos. Ya quedan veintinueve huevos y un espacio.
La siguiente casa fue del terror, todo era desconocido, cada sombra me sorprendía, cada ruido, cada rincón oscuro.
La tercera casa que habité lindaba por el patio con la segunda. Teníamos una cerda y varios cerditos, alguna vez uno enfermo y tuve que cuidarlo por una noche dentro de la casa. Al otro día murió.
En la cuarta casa vivimos solo uno o dos meses, esa fue la peor. Al llegar la noche mí habitación era completamente oscura, no hice más que alumbrarla con figuras luminosas de plástico. Acabo de recordar, que ésta en realidad fue la segunda, la segunda fue la tercera, y la tercera fue la cuarta. La quinta siempre será la quinta.
La quinta. La quinta. La quinta. La condición de habitar cambió. Esta fue la primera que nos pertenecía, fue la que reconstruimos, fue con la que logre conectarme. Entre el espacio inexistente que hay entre la tapia y la nueva fachada de concreto, estaba yo. Entre el hueco que comunicaba dos habitaciones y luego fue tapado, estaba yo. En el patio central que luego fue cubierto,  estaba yo. En los granos de maíz que cultivamos en el solar, estaba yo.
Algún día volví a no estar. Ese día me convertí en golondrina.
Comencé a buscar esa tarde un nuevo nido que ofreciera lo que había bajo las tejas de eternit, sin ser consciente en ese entonces, y aun, de lo que esta situación implicaba. El paisaje cotidiano cambió, la nueva familia no fue familia y mi nuevo espacio no era mío. Durante dos casas más viví en las lomas.
Decidí ir un poco más allá, al momento de partir me prometí no regresar. No sé si esa promesa se mantenga firme al pasar los años, tal vez algún día vuelva a donde antes negué la posibilidad de retornar, tal vez esto sea solo trashumar huyendo de los malos tiempos.
En las tardes de Medellín he visto el caer la noche desde trece espacios no-mios.
Me he levantado con ganas de seguir volando, algunas veces el querer pesa, pesa en el alma, pesa en los pies y verdaderamente pesa en las cajas, bolsas y bolsos.

He construido mi nido, pero ahora tengo que cargarlo a donde valla.

Pensarme

Siempre que estoy extasiado, deseo escribir, escribir de un montón de cosas que se me pasan por la mente. Ideas turbias, que deambulan por todo mi cuerpo, me recorren susurrando en cada átomo, haciéndome vibrar, lo particular que reconozco está en todo.

Me emociona sobre manera pensarme escribiendo pensarme, desde el acto de racionalizar hasta lo subjetivo que resulta ver como aparecen las grafías que configuran la palabra. Me remito a tiempos lejanos.

La importancia de la construcción efímera en la relación de la triada espacio – objeto – sujeto.

Cuando a espacio público nos referimos, de inmediato nos hacemos a la idea que son espacios que por naturaleza nos pertenecen a todos, pero como he tratado de explicar con mi postura en el escrito anterior, considero que no es suficiente usar solo dos categorías en cuanto a la denominación de los espacios. Pues si bien encontramos contrastes entre lo público y lo privado introduzco un término que denomino, espacios híbridos.
Puesta esta afirmación de una necesidad de inclusión del espacio hibrido, lo que hace este como tal es diluir el brusco cambio de categoría entre lo público y privado, de modo que el espacio hibrido es la transición entre los dos espacios altamente contrastados.
El habitante de calle, lo menciono de esta manera para hacer el énfasis en quién habita qué y dónde encuentro dicha transición, se apropia de los lugares disponibles donde encuentra la oportunidad de habitar y significar al grado de lugar. Con su mera presencia, este ser sin lugar, ha encontrado, por cierto tiempo, un espacio al cual pertenece, pero paradójicamente este se excluye de la relación que logra tejer en la pausa de su errar constante.  Los lugares que encuentra, la mayoría del tiempo, son abiertos o no delimitados, como es el caso de puentes, zonas verdes, aceras etc. Pero no siempre es así, hay sitios que pertenecieron a lo privado y por su estado de abandono, son re significados por estos seres con necesidad de reposo.
Su condición de habitar es atravesada por la línea consiente de la inmediatez, es decir, lo efímero se convierte en constante durante la estadía en cualquier lugar que saben les pertenece solo por algunos días e incluso horas, aunque hay casos en los que perduran meses o años en un mismo lugar, pero siempre con la única certeza de no poseerlo. Su incesante búsqueda de aparente tranquilidad, hace que se desplace de un lugar a otro aprovechando solo las herramientas que el entorno, o la caridad de la sociedad, pueda brindarle.
Hay una cosa clara, y es que estos sujetos se encuentran siempre desplazándose de un lugar a otro, al igual que la mayoría de los ciudadanos corrientes, van de un punto A a un punto B, la diferencia es que su punto B pocas veces está establecido, y queda al azar su llegada. Al llegar, arriban con las cargas diarias, no solo cansancio o sueño, sino con los elementos  que han podido recuperar de los desperdicios, así el objeto que antes era poseído por alguien de la esfera privada se expone a lo público y es apropiado por quien en condición de nómada lo toma para ambientar su espacio público que ahora es hibrido por que él lo significa con su presencia.
La arquitectura de este espacio hibrido, al igual que los objetos, es efímera. El sujeto logra durante un tiempo, no determinado, no solo la re significación  o a apropiación, sino una valiosa intervención, una construcción que dentro de la precariedad  y poca durabilidad de los materiales usados, como cartón, plástico, telas, madera etc., brindan confort y protección.

En suma, cargar durante sus recorridos lo que ahora posee, por comodidad en el desplazamiento, exige que lo que lleve consigo sea liviano, esto hace que su búsqueda y clasificación del material reciclado sea perspicaz. Su adquisición se renueva, se utiliza hasta que se le extrae su última funcionalidad, a la vez va cambiando de posición el objeto, como lo hace cualquiera dentro de su hogar, para renovar la imagen y la forma de relacionarse con el espacio.
La triada sujeto – espacio – objeto está en constante transformación, nunca pueden relacionarse de la misma manera. Partiendo de la condición del sujeto en su constante transformación (Heráclito, 535 a.C.); al igual que este, el objeto también trasmuta pero en este caso se deteriora y es necesario un cambio material; el espacio por no poseerle  y estar en su búsqueda todo el tiempo también es modificable, cambiante. Estas condiciones desposeen al ser sin lugar de cualquier tipo de pertenencia que puede llegar a imaginar, aun así cuando este precisa su enajenamiento ante lo que lo rodea.
En consecuencia, lo único que verdaderamente necesita un sujeto que habita el espacio, ya sea público, privado o hibrido, es encontrar donde descansar. Este descanso es más relevante en los espacios híbridos para poder, al día siguiente, retomar su búsqueda constante de un nuevo espacio para descansar. Por tal motivo, es habitual encontrarse con sujetos cuya partencia más valiosa puede ser un cartón, pues este cumple con las características necesarias para la habitabilidad de un espacio a la intemperie, exceptuando la humedad, es resistente, ligero, por sus características físicas propicia calor y es mucho más suave la superficie de la tierra, sea esta asfalto por ejemplo.



sábado, 4 de abril de 2015

La última manifestación de la libertad

Desde el punto de vista de alguna teoría, el humano se ha caracterizado por su capacidad de adaptarse a los cambios (Darwin, 1869), estos implican modificación de su fisionomía, de su comportamiento e incluso de su espacio. Decimos que somos seres racionales porque podemos modificar consciente e inconscientemente nuestro entorno. Cambiar es un mecanismo de defensa, ya sea un cambio significativo, aunque lento, o un cambio veloz, pero efímero, que podríamos llamar también, camuflaje. Y es precisamente esta última cualidad de la que padece la sociedad contemporánea, sus cambios son veloces; ahora no hay un preámbulo ante las situaciones, todo llega y se va de inmediato.

La sociedad maleable alberga tantos modos de cambio como sujetos hay. Desde nuestra particularidad hay también algunos elementos que logran conectarnos con los Otros formando comunidades, o segmentaciones que se reflejan en la estratificación y división peyorativa de los habitantes de la sociedad. Por un lado encontramos la desigualdad, necesario para el éxito, instaurado por el poder, una idea banal que nos ha tentado y ha puesto a rotar nuestra creación en torno al salto, ese pequeño impulso que nos permitirá sobresalir para no sucumbirnos en la mínima expresión de condición humana, el anonimato. Desde casas lujosas ubicadas en los terrenos más valorizados, hasta cuevas que la misma sociedad proporciona sin saber, en algunos casos, al Ser sin morada, pasando por las invasiones en los barrios marginales. Las cuevas son entonces habitadas por sujetos anónimos que deambulan por las calles re significando lo inhabitable, su ropa manchada por el trajín de las calles permiten que éstos se incorporen a los espacios abandonados como camaleones; basura, calle, tierra e indigente tienen el mismo color.

Pensamos que por pertenecer-estar a-en la calle tienen acceso a habitarla sin prohibición, pero paradójicamente son expulsados de lo público cuando el dueño de lo privado, o el administrador de justicia se suben al poder y quieren abarcarlo todo, expulsando al Otro hacia una “errancia sin fin” (Carretero, 2009, p. 99) Allí, entre las grietas de dos mundos ( Waldman, 2009, p. 10) su anonimato es alguna que otra vez atisbado, pero desde el tipo de vista prejuicioso y excluyente. El contacto con estos seres, víctimas de las huellas dejadas por la violencia, la política o la sociedad, es en la mayoría de los casos, agresivo; en algunos otros, lastimero, y en muy pocos, compasivo. En gran parte, la comunidad desde su zona de confort,  por diversos factores, los obvian, los excluyen, los omiten, los invisibilizan. Ya sea por una cuestión de doble moral, que abunda en las metrópolis, con la cuestión de la asepsia o por simple comodidad para no pensar en la posibilidad de transición que alguien puede tener con un golpe malo de suerte.

Es precisamente el anonimato otorgado por la sociedad, lo que convierte al habitante de calle, al indigente trashumante o al ser fantasmagórico, en un Ser Libre. Libre de toda inclusión en masa, libre de las bases de datos e información que controlan, en la contemporaneidad, las personalidades que encajan en ciertos perfiles. Estos seres desarraigados, algunos, por naturaleza, deambulan sin visión, a veces sin recuerdos, pues estos, al igual que su identidad, se han ido borrando con el tiempo, como si en cada pared en la que buscan calor, en cada cartón convertido en colchón, o en cada zapato encontrado, dejaran parte de su pasado, un pasado que se fusiona con presente y futuro, para crear un propio tiempo “…Fuga continua en su tiempo laberintico,/ en su laberinto de tiempo./ ¿Cuándo llegaré? ¿A dónde llegaré?” (Carretero, 2009, p. 99).

Desde su individualidad, desconfían hasta de sí mismos, pues dicen que en la calle nada les pertenece, ni siquiera su cuerpo que en ocasiones llega al extremo de la condición física, sea por el clima, las drogas o la comida; su condición moral con el trasegar se deterioró y poco importa ya. Por ellos no se hace mucho, y poco se conoce de su condición, a excepción por las narraciones que algunos hacen desde la experiencia de entrar en su espacio de manera analítica.


Por ello es que el tránsito y el penar de un trashumante, en esta condición de indigencia, solo devienen en relato, diario o crónica de ocasión, en los raros casos en que ha recuperado su palabra. [Carretero Reyna, 2009:109]