Desde el punto de vista de
alguna teoría, el humano se ha caracterizado por su capacidad de adaptarse a
los cambios (Darwin, 1869),
estos implican modificación de su fisionomía, de su comportamiento e incluso de
su espacio. Decimos que somos seres racionales porque podemos modificar
consciente e inconscientemente nuestro entorno. Cambiar es un mecanismo de
defensa, ya sea un cambio significativo, aunque lento, o un cambio veloz, pero
efímero, que podríamos llamar también, camuflaje. Y es precisamente esta última
cualidad de la que padece la sociedad contemporánea, sus cambios son veloces;
ahora no hay un preámbulo ante las situaciones, todo llega y se va de
inmediato.
La sociedad maleable alberga
tantos modos de cambio como sujetos hay. Desde nuestra particularidad hay
también algunos elementos que logran conectarnos con los Otros formando
comunidades, o segmentaciones que se reflejan en la estratificación y división
peyorativa de los habitantes de la sociedad. Por un lado encontramos la
desigualdad, necesario para el éxito, instaurado por el poder, una idea banal
que nos ha tentado y ha puesto a rotar nuestra creación en torno al salto, ese
pequeño impulso que nos permitirá sobresalir para no sucumbirnos en la mínima
expresión de condición humana, el anonimato. Desde casas lujosas ubicadas en
los terrenos más valorizados, hasta cuevas que la misma sociedad proporciona
sin saber, en algunos casos, al Ser sin morada, pasando por las invasiones en
los barrios marginales. Las cuevas son entonces habitadas por sujetos anónimos
que deambulan por las calles re significando lo inhabitable, su ropa manchada
por el trajín de las calles permiten que éstos se incorporen a los espacios
abandonados como camaleones; basura, calle, tierra e indigente tienen el mismo
color.
Pensamos que por
pertenecer-estar a-en la calle tienen acceso a habitarla sin prohibición, pero
paradójicamente son expulsados de lo público cuando el dueño de lo privado, o
el administrador de justicia se suben al poder y quieren abarcarlo todo,
expulsando al Otro hacia una “errancia sin fin” (Carretero, 2009, p. 99) Allí,
entre las grietas de dos mundos ( Waldman, 2009, p. 10) su anonimato es alguna
que otra vez atisbado, pero desde el tipo de vista prejuicioso y excluyente. El
contacto con estos seres, víctimas de las huellas dejadas por la violencia, la
política o la sociedad, es en la mayoría de los casos, agresivo; en algunos
otros, lastimero, y en muy pocos, compasivo. En gran parte, la comunidad desde
su zona de confort, por diversos
factores, los obvian, los excluyen, los omiten, los invisibilizan. Ya sea por
una cuestión de doble moral, que abunda en las metrópolis, con la cuestión de
la asepsia o por simple comodidad para no pensar en la posibilidad de
transición que alguien puede tener con un golpe malo de suerte.
Es precisamente el anonimato
otorgado por la sociedad, lo que convierte al habitante de calle, al indigente
trashumante o al ser fantasmagórico, en un Ser Libre. Libre de toda inclusión
en masa, libre de las bases de datos e información que controlan, en la
contemporaneidad, las personalidades que encajan en ciertos perfiles. Estos
seres desarraigados, algunos, por naturaleza, deambulan sin visión, a veces sin
recuerdos, pues estos, al igual que su identidad, se han ido borrando con el
tiempo, como si en cada pared en la que buscan calor, en cada cartón convertido
en colchón, o en cada zapato encontrado, dejaran parte de su pasado, un pasado
que se fusiona con presente y futuro, para crear un propio tiempo “…Fuga
continua en su tiempo laberintico,/ en su laberinto de tiempo./ ¿Cuándo
llegaré? ¿A dónde llegaré?” (Carretero, 2009, p. 99).
Desde su individualidad,
desconfían hasta de sí mismos, pues dicen que en la calle nada les pertenece,
ni siquiera su cuerpo que en ocasiones llega al extremo de la condición física,
sea por el clima, las drogas o la comida; su condición moral con el trasegar se
deterioró y poco importa ya. Por ellos no se hace mucho, y poco se conoce de su
condición, a excepción por las narraciones que algunos hacen desde la
experiencia de entrar en su espacio de manera analítica.
Por
ello es que el tránsito y el penar de un trashumante, en esta condición de
indigencia, solo devienen en relato, diario o crónica de ocasión, en los raros
casos en que ha recuperado su palabra. [Carretero Reyna, 2009:109]
No hay comentarios.:
Publicar un comentario