Nací el 6 de agosto de 1991, en el hospital San Juan de
Dios en el municipio de Yarumal – Antioquia, Colombia. Es un pueblo frio, geográficamente
ubicado en montañas empinadas. Es llamado el pueblo de las “tres efes”, feo,
frio y faldudo.
Me llamo Jorge, como mi papá y Andrés casi por azar.
Mis recuerdos más remotos deambulan por las baldosas a
cuadros granate y verde del pasillo de la casa con balcón de rejas blancas y
techo de eternit, donde cada tarde llegaban las golondrinas a dormir. ¡Las
golondrinas! ¿Cómo las había olvidado? Tan delicadas, tan libres, tan bellas.
Tal vez son ellas las que han despertado en mí el interés por morar en
diferentes espacios. Deambular y luego aterrizar, para descansar y volver a
buscar.
¿Cuándo me mudé de casa por primera vez?
De inmediato regresa la sensación de sentirme como un huevo puesto en el pollo de fogón después de haber sido el primero en irse del panal de huevos. Ya quedan veintinueve huevos y un espacio.
De inmediato regresa la sensación de sentirme como un huevo puesto en el pollo de fogón después de haber sido el primero en irse del panal de huevos. Ya quedan veintinueve huevos y un espacio.
La siguiente casa fue del terror, todo era desconocido,
cada sombra me sorprendía, cada ruido, cada rincón oscuro.
La tercera casa que habité lindaba por el patio con la
segunda. Teníamos una cerda y varios cerditos, alguna vez uno enfermo y tuve
que cuidarlo por una noche dentro de la casa. Al otro día murió.
En la cuarta casa vivimos solo uno o dos meses, esa fue
la peor. Al llegar la noche mí habitación era completamente oscura, no hice más
que alumbrarla con figuras luminosas de plástico. Acabo de recordar, que ésta
en realidad fue la segunda, la segunda fue la tercera, y la tercera fue la
cuarta. La quinta siempre será la quinta.
La quinta. La quinta. La quinta. La condición de habitar
cambió. Esta fue la primera que nos pertenecía, fue la que reconstruimos, fue
con la que logre conectarme. Entre el espacio inexistente que hay entre la
tapia y la nueva fachada de concreto, estaba yo. Entre el hueco que comunicaba
dos habitaciones y luego fue tapado, estaba yo. En el patio central que luego
fue cubierto, estaba yo. En los granos
de maíz que cultivamos en el solar, estaba yo.
Algún día volví a no estar. Ese día me convertí en
golondrina.
Comencé a buscar esa tarde un nuevo nido que ofreciera lo
que había bajo las tejas de eternit, sin ser consciente en ese entonces, y aun,
de lo que esta situación implicaba. El paisaje cotidiano cambió, la nueva
familia no fue familia y mi nuevo espacio no era mío. Durante dos casas más
viví en las lomas.
Decidí ir un poco más allá, al momento de partir me prometí
no regresar. No sé si esa promesa se mantenga firme al pasar los años, tal vez
algún día vuelva a donde antes negué la posibilidad de retornar, tal vez esto
sea solo trashumar huyendo de los malos tiempos.
En las tardes de Medellín he visto el caer la noche desde
trece espacios no-mios.
Me he levantado con ganas de seguir volando, algunas veces el querer pesa, pesa en el alma, pesa en los pies y verdaderamente pesa en las cajas, bolsas y bolsos.
Me he levantado con ganas de seguir volando, algunas veces el querer pesa, pesa en el alma, pesa en los pies y verdaderamente pesa en las cajas, bolsas y bolsos.
He construido mi nido, pero ahora tengo que cargarlo a
donde valla.
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