lunes, 25 de mayo de 2015

Yo, no, mio

Nací el 6 de agosto de 1991, en el hospital San Juan de Dios en el municipio de Yarumal – Antioquia, Colombia. Es un pueblo frio, geográficamente ubicado en montañas empinadas. Es llamado el pueblo de las “tres efes”, feo, frio y faldudo.
Me llamo Jorge, como mi papá y Andrés casi por azar.
Mis recuerdos más remotos deambulan por las baldosas a cuadros granate y verde del pasillo de la casa con balcón de rejas blancas y techo de eternit, donde cada tarde llegaban las golondrinas a dormir. ¡Las golondrinas! ¿Cómo las había olvidado? Tan delicadas, tan libres, tan bellas. Tal vez son ellas las que han despertado en mí el interés por morar en diferentes espacios. Deambular y luego aterrizar, para descansar y volver a buscar.
¿Cuándo me mudé de casa por primera vez?
De inmediato regresa la sensación de sentirme como un huevo puesto en el pollo de fogón después de haber sido el primero en irse del panal de huevos. Ya quedan veintinueve huevos y un espacio.
La siguiente casa fue del terror, todo era desconocido, cada sombra me sorprendía, cada ruido, cada rincón oscuro.
La tercera casa que habité lindaba por el patio con la segunda. Teníamos una cerda y varios cerditos, alguna vez uno enfermo y tuve que cuidarlo por una noche dentro de la casa. Al otro día murió.
En la cuarta casa vivimos solo uno o dos meses, esa fue la peor. Al llegar la noche mí habitación era completamente oscura, no hice más que alumbrarla con figuras luminosas de plástico. Acabo de recordar, que ésta en realidad fue la segunda, la segunda fue la tercera, y la tercera fue la cuarta. La quinta siempre será la quinta.
La quinta. La quinta. La quinta. La condición de habitar cambió. Esta fue la primera que nos pertenecía, fue la que reconstruimos, fue con la que logre conectarme. Entre el espacio inexistente que hay entre la tapia y la nueva fachada de concreto, estaba yo. Entre el hueco que comunicaba dos habitaciones y luego fue tapado, estaba yo. En el patio central que luego fue cubierto,  estaba yo. En los granos de maíz que cultivamos en el solar, estaba yo.
Algún día volví a no estar. Ese día me convertí en golondrina.
Comencé a buscar esa tarde un nuevo nido que ofreciera lo que había bajo las tejas de eternit, sin ser consciente en ese entonces, y aun, de lo que esta situación implicaba. El paisaje cotidiano cambió, la nueva familia no fue familia y mi nuevo espacio no era mío. Durante dos casas más viví en las lomas.
Decidí ir un poco más allá, al momento de partir me prometí no regresar. No sé si esa promesa se mantenga firme al pasar los años, tal vez algún día vuelva a donde antes negué la posibilidad de retornar, tal vez esto sea solo trashumar huyendo de los malos tiempos.
En las tardes de Medellín he visto el caer la noche desde trece espacios no-mios.
Me he levantado con ganas de seguir volando, algunas veces el querer pesa, pesa en el alma, pesa en los pies y verdaderamente pesa en las cajas, bolsas y bolsos.

He construido mi nido, pero ahora tengo que cargarlo a donde valla.

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