Despierto recorre como un ave, de manera efímera, casi
imperceptible, el deseo de desaparecer, de evaporarme, de desintegrarme.
Parpadeo y vuelvo a abrir los ojos que se contaminan de lo absurdo, que recogen
en la retina nada más que el contacto con lo superfluo.
Deambulo a veces acelerando o desacelerando el paso, para
ver si con los pequeños detalles la vida toma sentido. Soy víctima de la
sociedad liquida, soy cómplice de la juventud en éxtasis, soy enemigo de la
vida eterna, pero ando siempre en la línea contradictoria. Desaparecer, mi
cuerpo y mi alma lo piden, perdurar en la memoria es lo que la cultura me ha
impuesto. Se me ha impuesto un nombre,
se me ha impuesto una familia, se me ha impuesto un género, se me ha impuesto tener
una morada, se me ha impuesto estabilidad, s eme ha impuesto el orden. Sociedad
hipócrita! Cómo se me exige responder a la humanización de lo que no puedo
siquiera nombrar, lo que no puedo comprender, lo que apenas intuyo que ha de
existir en la complejidad del pensamiento.
No soy apto para vivir aquí, preso de lo que no puedo
conseguir; se me ha de tildar de loco, de depresivo o de desadaptado, por el
simple hecho de no estar conforme con lo que “tengo”, pero es que solo quiero
una cosa, no depender de nada, ni siquiera de los rituales ancestrales como el
baño o la cena. También quiero alas, al igual que bronquios resistentes a las
altas mareas. Habitar cuevas, supongo, fue más sencillo, fue más bonito, fue más
natural, pero no! Tengo que vivir en lo artificioso lleno de sensaciones que
han sido marcadas, inventadas. Felicidad, tristeza, melancolía, nostalgia,
envidia, compasión, misericordia y otras miles que no sabemos si verdaderamente existen.
Ha regresado la sensación al disponerme a dormir, esa sensación
que solo aparece cuando estoy físicamente en la línea contradictoria de la
conciencia, cuando no estoy ni allí ni aquí, cuando vivo en el límite, cuando
hago un desplazamiento inmóvil entre el aquí/ahora y el aquí /después. Apunto
de perder el control de mí, comienza el dialogo conmigo y sale, por inercia, lo
que tiene que salir, lo que tengo que pensar, lo que verdaderamente me atrae,
lo que siento que desde las entrañas se infla a tal punto de querer explotar.
Es como un globo lleno de agua y pirañas; es como si la piel de la superficie
que reposo contra la pared se pegara en ella, y tratando de correr hacia la
otra orilla, me desgarrara por completo.
Se infla! Se infla! Se infla! Se infla! Y con un chillido
estrepitoso se magulla y me pone en posición de semilla, con ese deseo del
eterno retorno, con esa necesidad de purificación, para, en caso de que
existiera, no volver a renacer.
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