sábado, 4 de abril de 2015

La última manifestación de la libertad

Desde el punto de vista de alguna teoría, el humano se ha caracterizado por su capacidad de adaptarse a los cambios (Darwin, 1869), estos implican modificación de su fisionomía, de su comportamiento e incluso de su espacio. Decimos que somos seres racionales porque podemos modificar consciente e inconscientemente nuestro entorno. Cambiar es un mecanismo de defensa, ya sea un cambio significativo, aunque lento, o un cambio veloz, pero efímero, que podríamos llamar también, camuflaje. Y es precisamente esta última cualidad de la que padece la sociedad contemporánea, sus cambios son veloces; ahora no hay un preámbulo ante las situaciones, todo llega y se va de inmediato.

La sociedad maleable alberga tantos modos de cambio como sujetos hay. Desde nuestra particularidad hay también algunos elementos que logran conectarnos con los Otros formando comunidades, o segmentaciones que se reflejan en la estratificación y división peyorativa de los habitantes de la sociedad. Por un lado encontramos la desigualdad, necesario para el éxito, instaurado por el poder, una idea banal que nos ha tentado y ha puesto a rotar nuestra creación en torno al salto, ese pequeño impulso que nos permitirá sobresalir para no sucumbirnos en la mínima expresión de condición humana, el anonimato. Desde casas lujosas ubicadas en los terrenos más valorizados, hasta cuevas que la misma sociedad proporciona sin saber, en algunos casos, al Ser sin morada, pasando por las invasiones en los barrios marginales. Las cuevas son entonces habitadas por sujetos anónimos que deambulan por las calles re significando lo inhabitable, su ropa manchada por el trajín de las calles permiten que éstos se incorporen a los espacios abandonados como camaleones; basura, calle, tierra e indigente tienen el mismo color.

Pensamos que por pertenecer-estar a-en la calle tienen acceso a habitarla sin prohibición, pero paradójicamente son expulsados de lo público cuando el dueño de lo privado, o el administrador de justicia se suben al poder y quieren abarcarlo todo, expulsando al Otro hacia una “errancia sin fin” (Carretero, 2009, p. 99) Allí, entre las grietas de dos mundos ( Waldman, 2009, p. 10) su anonimato es alguna que otra vez atisbado, pero desde el tipo de vista prejuicioso y excluyente. El contacto con estos seres, víctimas de las huellas dejadas por la violencia, la política o la sociedad, es en la mayoría de los casos, agresivo; en algunos otros, lastimero, y en muy pocos, compasivo. En gran parte, la comunidad desde su zona de confort,  por diversos factores, los obvian, los excluyen, los omiten, los invisibilizan. Ya sea por una cuestión de doble moral, que abunda en las metrópolis, con la cuestión de la asepsia o por simple comodidad para no pensar en la posibilidad de transición que alguien puede tener con un golpe malo de suerte.

Es precisamente el anonimato otorgado por la sociedad, lo que convierte al habitante de calle, al indigente trashumante o al ser fantasmagórico, en un Ser Libre. Libre de toda inclusión en masa, libre de las bases de datos e información que controlan, en la contemporaneidad, las personalidades que encajan en ciertos perfiles. Estos seres desarraigados, algunos, por naturaleza, deambulan sin visión, a veces sin recuerdos, pues estos, al igual que su identidad, se han ido borrando con el tiempo, como si en cada pared en la que buscan calor, en cada cartón convertido en colchón, o en cada zapato encontrado, dejaran parte de su pasado, un pasado que se fusiona con presente y futuro, para crear un propio tiempo “…Fuga continua en su tiempo laberintico,/ en su laberinto de tiempo./ ¿Cuándo llegaré? ¿A dónde llegaré?” (Carretero, 2009, p. 99).

Desde su individualidad, desconfían hasta de sí mismos, pues dicen que en la calle nada les pertenece, ni siquiera su cuerpo que en ocasiones llega al extremo de la condición física, sea por el clima, las drogas o la comida; su condición moral con el trasegar se deterioró y poco importa ya. Por ellos no se hace mucho, y poco se conoce de su condición, a excepción por las narraciones que algunos hacen desde la experiencia de entrar en su espacio de manera analítica.


Por ello es que el tránsito y el penar de un trashumante, en esta condición de indigencia, solo devienen en relato, diario o crónica de ocasión, en los raros casos en que ha recuperado su palabra. [Carretero Reyna, 2009:109]